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El deber del Teósofo

Pablo Sender

Gpo. de Jóvenes de Rosario

May 2000

 

“El deber del Teósofo es como el del agricultor:

abrir los surcos y sembrar los granos lo mejor que pueda.

El resultado lo da la naturaleza, y ella es la esclava de la ley.”

El Mahatma K.H.

 

Esta frase es muy significativa desde muchos aspectos, porque –más allá del contexto en que fue dicha– creo que marca una pauta general de cuál debe ser nuestra actitud frente a la vida, al trabajo en la Institución, y a nuestro desenvolvimiento interno.

Somos educados con una visión bastante estrecha de la vida. “El azar rige el universo”, es una premisa predominante en el pensamiento científico, y toda la cultura occidental lo tiene incorporado. Pero existen leyes que dan un orden a los acontecimientos del universo y por ende, de nuestra vida; leyes que están ocultas para la mayoría de las personas en la actualidad, del mismo modo que las leyes de la herencia genética permanecían ocultas antes que Mendel las descubriera.

Detrás de cada acontecimiento hay un orden, y esta forma de ver la vida surge del desarrollo de la sensibilidad interna. Es cierto que podemos estudiar sobre esto, hay literatura disponible que nos enuncia algunas de estas leyes que rigen nuestra existencia, y estudiarlas es muy útil para que se aparezca ante nuestros ojos un universo distinto, ordenado, armónico. Pero cada uno de nosotros vamos a poder alinear nuestra vida con esta visión sólo cuando ella penetre todos los niveles de nuestro ser, cuando en nuestro corazón se escuche su canto, y cuando sienta su presencia como la mano que guía nuestras vidas, aún en medio de las tormentas.

Estas leyes de armonía están expresadas en la frase que cité al principio. Allí se menciona que nuestro deber es sembrar, y que el resto, el resultado, depende de la naturaleza, pero ella es esclava de la ley. Seguramente el Mahatma se está refiriendo a la ley de causa y efecto, Karma, como se la conoce en oriente desde hace milenios, o también enunciada a veces como la ley de armonía.

En nuestra vida trabajamos y estamos constantemente preocupados por los resultados de nuestro esfuerzo; en todos los órdenes de la vida: laboral, familiar, personal... Tenemos miedo de lo que el futuro nos depare económicamente, no tenemos confianza en nuestra capacidad para desarrollarnos internamente, o tememos que una situación salga mal. En realidad, lo que esta ley nos postula, es que toda la clave está en la siembra, y esto está repetido incansablemente en todas las religiones y filosofías de la Humanidad. “Lo que el hombre siembre, eso cosechará” escuchamos repetir desde pequeños, sin embargo, ni siquiera pensamos que esto pueda ser cierto de un modo profundamente vinculado con nuestra vida.

Es bastante lógico que los efectos de algo están determinados por la naturaleza de la causa que los produjo. Los resultados de mañana van a depender de lo que hayamos hecho hoy –y ayer, figuradamente–. No puede haber un resultado en nuestra vida que no lo hayamos producido con nuestros actos, y los resultados del futuro no pueden escapar a las causas que generemos hoy. Abramos los surcos, seleccionemos qué granos sembrar, sembremos los mejores que tengamos, y olvidémonos del asunto, porque ya lo que sigue es trabajo de la naturaleza, “y ella es la esclava de la ley”. Viéndolo así, ¿de dónde surge la falta de confianza, la desesperación, la sensación de injusticia? Si yo hoy doy lo mejor que tengo de mí, eso me está llevando un paso hacia delante.

Últimamente he encontrado en literatura de diversos autores –relacionados con lo espiritual– la sugerencia de que el hombre durante su vida nunca puede permanecer quieto, en lo que hace a su desarrollo interno: o avanza, o retrocede; en realidad, nada en el universo puede permanecer inmóvil. Esto puede verse en la vida cotidiana: hay personas que llegada determinada edad, comienzan un casi inexorable retroceso, una degradación de lo que fueron; pero otras personas en cambio, continúan avanzando, y a medida que pasa el tiempo, las vemos tornarse más sabias... Tal vez en algún momento de la vida se pierde la energía para sembrar buenas semillas, pero como no podemos dejar de sembrar (cada acción o pensamiento es una semilla) nuestras semillas van siendo la desidia, el desgano, y eso produce irremediablemente su amargo fruto. ¿Por qué sucede esto? Tal vez la persona ya está cansada de las preocupaciones de la vida, de la constante tensión en que vivió, de sus temores... y así, sólo una parte de la vida de las personas en general es productiva; el resto es un lento marchitamiento.

¿Y qué vamos a hacer nosotros, en este momento, más allá de la edad que tengamos actualmente? Siempre está la posibilidad de sembrar las semillas correctas. Requiere su esfuerzo, y además, estamos limitados por lo que hemos hecho anteriormente, pero siempre tenemos la oportunidad de comenzar a sembrar lo mejor que tengamos, lo que producirá a su vez buenos frutos con semillas de más alta calidad dentro. Es asombroso ver cómo la naturaleza encarna todas las leyes universales; tomemos este ejemplo, el del fruto de un árbol: las características de un árbol dependieron del tipo de semilla que lo formó. Como consecuencia dependiente de esto, se produce una flor y luego un fruto, un resultado, que será mejor o peor de acuerdo a las condiciones que lo produjeron. ¿Y dónde se encuentra la próxima semilla? Dentro del fruto. Es lo que muchas veces se dice: “Aquello que fue efecto, se convierte a su vez en causa”, o también, “la causa está dentro del efecto que la produjo”, o mejor, “causa y efecto son una misma cosa”. Esto tiene grandes significados entre los cuales está el hecho de que seremos mañana lo que hagamos de nosotros hoy.

Para terminar, me gustaría plantear cuál sería la actitud que podemos tomar con respecto a todo esto. Creo que nuestros arraigados deseos y la falta de percepción de esta ley permiten que nos vayamos desgastando en una lucha interminable contra la vida, contra nuestros miedos, contra nuestras proyecciones; y esto produce que más tarde o más temprano hayamos agotado la energía para seguir seleccionando las mejores semillas. Pero si se capta profundamente el hecho de que los resultados dependen de lo que haga hoy, entonces lo único que adquiere significado es el momento presente, que por otro lado, es lo único real. De esta actitud, surge aquél tipo de acción que se recomienda en muchas filosofías, como en el Bhagavad Gitâ del Hinduismo: “La acción sin esperar el fruto del resultado”. El concentrarse sólo en hacer correctamente lo que tenemos en este momento, y dejar que la naturaleza obre, pues ésta es esclava de la ley. Esto no significa que uno no pueda hacer planes; apunta a una actitud interna, mucho más profunda. Implica un gran desapego, que en realidad, como dije, puede surgir realmente como resultado de la comprensión, de la percepción, del sentir verdaderamente dentro de nosotros el funcionamiento de esta ley. Entonces nuestra actitud en la vida cambia.

El desafío que tenemos cada uno de nosotros, es encontrar nuestra propia forma de alcanzar estas percepciones, eso es el trabajo que estamos llamados a hacer, y todos somos capaces de hacerlo, anhelémoslo sinceramente y trabajemos con nuestras actuales limitaciones, que los frutos correspondientes se producirán, porque existe la ley que así lo dispone.