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Aspectos éticos del Genoma Humano.

 

Pablo D. Sender

Teosofía en Argentina No. 33

 

 

En 1990 comenzó el denominado "Proyecto Genoma Humano", que consistía en secuenciar el ADN del ser humano de modo de identificar todos los genes que tenemos. Los genes son quienes llevan la información para construir y mantener funcionando el cuerpo físico, y están constituidos por un código de "cuatro letras", que luego es traducido a una secuencia de proteínas en particular. Las proteínas son las "obreras" esenciales que participan en la síntesis de las otras moléculas y estructuras que nos constituyen. La secuenciación del genoma humano nos presenta un nuevo desafío que pone a prueba la responsabilidad con que nos manejaremos. El filósofo José Antonio Marina escribió en un artículo:

"Mucha gente se pregunta si no estaremos en presencia de un atentado contra la legalidad natural, si no nos hemos convertido en aprendices de brujos, capaces de desencadenar fuerzas que no podemos controlar, si no estaremos jugando a ser dioses. Auguran un futuro de frankesteins y ejércitos de clones. Se reaviva la figura mítica de Prometeo, que robó el fuego a los dioses y fue castigado por su soberbio atrevimiento".

¿Está la humanidad madura como para utilizar correctamente el conocimiento obtenido? Las perspectivas hacia el futuro son muchas y, sin duda, podemos usar la información de un modo sensato o criminal. Pero la amenaza es grande, porque los intereses económicos, desprovistos de cualquier tipo de moralidad, están involucrados en el asunto. El Proyecto Genoma Humano comenzó como cooperación científica internacional, liderado y financiado por instituciones de Estados Unidos y del Reino Unido, con participación de científicos y centros de investigación norteamericanos, europeos y japoneses. Pero en 1998 dos empresas privadas, Human Genome Sciences y Celera Genomics, al comprender los réditos económicos que esto podía involucrar irrumpieron en escena financiando el proyecto. Ya no eran los fondos públicos los que sostenían las investigaciones, sino empresas con ánimo de lucro. Manuel Castells, Catedrático de la Universidad de California-Berkeley dijo con respecto a esto:

"La identificación de los genes que configuran nuestro cuerpo puede permitir identificar sus irregularidades; por tanto, sus enfermedades, y por tanto, su cura. Vender la vida es el mayor negocio posible, como saben las empresas de seguros médicos."

Los científicos financiados con fondos públicos habían calculado terminar la secuenciación en el año 2003. Pero Celera anunció que lo tendría en 2000 y el pánico recorrió el mundo. ¿Qué podría pasar si una empresa privada patentaba el genoma de nuestra especie, haciéndose así "dueña" de esa información? Ante esta perspectiva, el Doctor Lander, del Instituto Whitehead, de Boston, llamó en diciembre 1999 al profesor David Haussler, del departamento de informática en la Universidad de California en Santa Cruz, para pedirle ayuda para integrar informáticamente la enorme cantidad de resultados de la investigación biológica, de modo de acelerar el proceso y terminar antes que los intereses privados. Haussler aceptó el desafío, pero no llegaba. La cantidad de información a integrar era tal y el tiempo tan escaso, que no parecía posible. Entonces llamó a uno de sus mejores estudiantes doctorales, James Kent, que trabajaba hacía 10 años para una empresa. Éste decidió participar del intento porque, como dijo:

"La oficina de patentes del Gobierno es muy irresponsable dejando patentar como inventos lo que son descubrimientos. Es algo que me perturba. Por tanto, decidimos hacer público el conjunto de genes tan pronto como fuera posible".

Y lo hizo en un mes. Lo que el programa público con cientos de científicos en todo el mundo no pudo hacer; lo que la empresa privada con cientos de miles de dólares hizo en años, James Kent lo hizo en un mes. Lo publicó en Internet y le ganó la carrera por tres días a Celera. Por el bien de la humanidad. Es decir que la posibilidad de que podamos tener la información sobre quiénes somos dependió de que un profesor y un estudiante de informática decidieran que eso era mejor que hacerse millonarios con su información. Es cierto que Celera asegura que también publicará su información. Pero no la publicaría toda o del modo correcto porque, como es obvio, su intención no es humanitaria sino económica y tiene que remunerar a sus inversores que pusieron millones de dólares en el proyecto en espera de ganancia. El Dr. Manuel Castells, en referencia a esto, dijo:

"Nuestra especie se autopreserva (o al menos preserva la información necesaria) por sus instintos de generosidad más que por los de competencia. No es un mal principio para nuestro conoci­miento del genoma humano".

Pero hay otros problemas éticos planteados por los adelantos en genética. Por ejemplo, la protección de la intimidad. El genoma de cada uno de nosotros encierra datos importantes sobre nuestro futuro. ¿Van a poder tener acceso a él los gobiernos, los empresarios o las compañías de seguros? ¿Podrán exigir la información genética del solicitante de un seguro o de un puesto de trabajo? Aquí es donde se torna sumamente importante la conciencia y honestidad de quienes deben legislar estas cuestiones. Es preciso reflexionar continuamente sobre las normas que adoptamos y reelaborar nuestros valores. No es posible que el mercado y el movimiento económico sean los nuevos dioses que dictan lo que se puede o no se puede hacer. La humanidad es víctima de la crueldad, el egoísmo y la locura por estos nuevos "gurús" del mercado.

Seamos conscientes que ya nos hemos equi­vocado muchas veces a lo largo de nuestra historia, debemos ser muy cautelosos y humildes. A pesar de la alta­nería de los científicos es muy poco lo que sabemos. No conocemos las consecuencias de la mayoría de nuestras acciones y hemos demostrado que a pesar de tener gran cantidad de información no poseemos la sabiduría como para resolver las cosas en favor del mundo que nos rodea y de la humanidad, es decir, de la vida. José Antonio Marina decía:

"No tenemos ninguna patente de infalibilidad. Los problemas cambian vertiginosamente y sólo podemos confiar en una inteligencia tenaz que se empeñe en pensar bien y en liberarse de prejuicios."

Una inteligencia capaz, libre de prejuicios, pero también un corazón puro y una capacidad de ver las cosas globalmente pueden llevar a la humanidad por el recto camino de verdadero progreso. Pero estas cualidades sólo pueden florecer dentro de cada persona que hace el esfuerzo correcto en esta dirección.

¿Cómo podemos ayudar en esto? Es necesario llevar el tipo de vida que conduzca al desarrollo de estas cualidades, y sólo entonces, seremos capaces de colaborar en algo para que otros puedan hacerlo también. De este modo estaremos modificando la conciencia total de la humanidad. Hemos ingresado en un movimiento que no podemos detener, la única salida segura es conseguir que la luz empiece a guiar ese movimiento, y cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad de comenzar a encenderla en nuestros corazones, para que luego inflame el de los demás.