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Lo Sagrado en nuestras vidas

Pablo Sender

Febrero 2001

 

En la literatura teosófica (y en la literatura espiritual seria, en general) encontramos frecuentemente la referencia de que es muy importante cómo empezamos el día. La mayoría de las personas se levanta corriendo y desayuna a toda velocidad para comenzar con sus actividades cotidianas; y en medio de esa agitación continúa todo el día. Salimos de nuestra casa y atropellamos a quien está delante, en cada acción la mente está hecha un torbellino de ideas, deseos y necesidades, y en los pocos momentos de quietud, ésta se vuelve asfixiante, atemorizante, y buscamos nuevamente algo para hacer: ver televisión, escuchar radio, leer, etc.

Nuestros días transcurren de este modo y la vida con sus experiencias se escurre entre nuestros dedos, en medio de una semi-conciencia. Al vivir de este modo, poco a poco las actividades se tornan rutinarias, aburridas, fastidiosas; y entonces la ambición, la búsqueda de placer, y cosas por el estilo se vuelven muy importantes, se convierten en el motor de nuestras actividades, el motivo por el que vivimos. Así, la vida se torna superficial, sin sentido, y sentimos que debemos llenarla con algo, darle un significado. Entonces vamos a la iglesia, o compramos cuadros de valor y asistimos a las exposiciones, o buscamos alguna actividad “distinguida” que nos haga sentir especiales. O si no, nos sumergimos en la búsqueda constante, infinita, de placer y autosatisfacción; y ya sabemos cómo acaba todo esto.

Pero a menos que descubramos algo verdaderamente sagrado en nuestra vida –no una idea, una creencia sobre lo sagrado, sino aquello que es el sentido del universo– estamos condenados a dar vueltas en círculos cada vez más profundos de insatisfacción, o nos tornamos completamente insensibles a todo, estando muertos en vida.

¿Cómo podemos encontrar lo sagrado en nuestras vidas? En las filosofías serias de Oriente y Occidente se habla a menudo de la necesidad de la absoluta calma mental para descubrir aquello que es Eterno, Sagrado, Inconmensurable. Pero una mente calma no es algo que se puede adquirir como adquirimos algún objeto, por lo tanto debemos descubrir cómo puede producirse ese estado en nosotros.

Obviamente hay muchos aspectos en esta cuestión, pero voy a referirme a uno de ellos. Pienso que es muy importante cómo empezamos el día; porque si lo empezamos del modo correcto y podemos dar con algo que está más allá de la vulgaridad de nuestras vidas, esa fragancia se extiende durante el resto de nuestra actividad.

Muchas veces se recomienda la meditación matutina; pero esa meditación debe ser algo distinto de lo que hacemos durante el día, y no el eco de nuestro modo ordinario de vivir. Si la meditación no es más que la búsqueda de un resultado, el seguir una disciplina para sentirse seguro, o especial, o etcéteras, me temo que no es meditación, que no es más que la continuación de nuestras actividades autocentradas, y entonces nuestro día comienza y sigue como siempre, en medio de la ambición y de todo lo que venimos hablando. Pero podemos convertir ese espacio de la mañana en algo sagrado, en aquél momento que esperamos especialmente, en la esencia de todo nuestro día, en la significación de nuestra vida; y entonces, esa significación se difunde en toda actividad.

Ese momento de la mañana pues, puede ser cuando nos conectemos con lo más profundo en nosotros, en la vida. Pero si vemos ese momento como algo que genera conflicto, que genera lucha pero que es soportada con la esperanza de que produzca un bien futuro, estamos caminando por los mismos trillados surcos: hacemos algo que no nos gusta, esperando obtener el resultado, y de este modo, no daremos con algo que está más allá porque actuamos con los condicionamientos de siempre. Si observamos, en la mayoría de los casos es por esta razón que trabajamos, que mantenemos ciertas relaciones, que forzamos nuestro carácter en cierto sentido... estamos educados a actuar por el premio, por la recompensa. Pero ¿cómo podemos actuar sin que el resultado sea lo imporatnte, de modo que no sea la ambición el motor de nuestra acción? Cuando hay gozo en lo que se hace, cuando hay expansión, cuando se siente el valor intrínseco de algo, entonces el resultado no tiene importancia, porque el resultado es la acción misma. Entonces, no hacemos las cosas por disciplina, pero somos muy disciplinados, no hacemos las cosas por un supuesto desarrollo ulterior, pero “crecemos como crece la flor, inconscientemente”.

Si empezamos los días de este modo, toda nuestra vida puede ir cambiando. Pero si intentamos de empezar el día así, sin descubrir su valor, sólo con la esperanza de que de ese forma la vida cambie, entonces estamos otra vez en lo mismo.

Uno puede levantarse de modo que le quede al menos media hora libre, o lo que sea, pero será un tiempo dedicado a intentar descubrir lo sagrado; un tiempo sin reglas preconcebidas, las reglas –si así podemos llamarles– irán apareciendo por sí mismas, y con gran vitalidad. Podemos sentarnos quietamente y leer algo que nos agrade, desde una poesía hasta un libro “espiritual”, ponernos en contacto con nuestro cuerpo y dejar que se relaje, disfrutar del placer de estar relajado, sentir su belleza. Quedarnos muy quietos, leyendo, mirando nuestros pensamientos, escuchando los sonidos de alrededor, sin un modo predeterminado. Entonces la mente puede tornarse calma, y la meditación se gesta por sí misma, en su modo particular, no en el sentido que imaginamos que debe ser, y que puede ser totalmente erróneo (sea por falsa interpretación, por incapacidad etc.).

Si aparecen pensamientos, podemos seguirlos, mirarlos, escuchar lo que nos dicen: “no hice cierta tarea” escuchémoslo, profundamente, si así lo hacemos, veremos que mañana la cumpliremos como debe hacerse, entonces ya no molestará. Entremos en contacto con lo que somos, miremos qué surge, sin intentar modificarlo; entonces la mente se ordena, y de ese orden surge la acción correcta. Los intereses contrapuestos generan desorden en la psiquis. Podemos fortalecer un interés más que el otro, y que el primero subyugue al segundo, pero en la raíz sigue estando el desorden, y éste surgirá de un modo u otro. Pero si no hay controlador, sino un Testigo de todo el movimiento de la psiquis, entonces ésta se ordena, porque el productor del desorden (el controlador) ha desaparecido.

De este modo, puede llegar el silencio, la calma, la quietud. Llegará cuando deba hacerlo; si intentamos generarla eso introduce nuevamente el desorden, la ambición, la frustración... y comenzamos nuestro día en el mismo modo de siempre. Pero si disfrutamos de leer, o quedarnos tranquilos sentados, o reflexionar sobre algo por el gozo que da el proceso de mirar y comprender, o imaginar la figura de algo sagrado por el sentido de unidad y beatitud que eso produce, entonces la mente se torna clara, calma, no busca resultados, no visualiza una deidad para obtener cierta bendición.

Cuando hacemos algo que tiene significado, que disfrutamos, nos entregamos a ello totalmente, sin luchar, sin tener el ojo puesto en el futuro, estando por entero presentes, y ese estado de calma extraordinaria se produce. Y esa calma se mantiene durante el día, en lo profundo del corazón, aún en medio de la actividad, del hablar, del correr de la mente superficial, porque hemos tocado ese espacio que siempre está allí, y éste ha difundido su fragancia. Durante el día, esa calma vuelve una y otra vez a nuestra conciencia, tal vez por breves instantes, pero si no la sofocamos y le damos espacio para crecer, echará raíces en nosotros. Entonces al otro día, en nuestro momento sagrado, retornamos a aquello, fácilmente, sin buscarlo, como una consecuencia, y este estado de quietud se profundiza y está en nuestro trasfondo en cada actividad, aunque no nos demos cuenta de él.

Puede que en ciertos períodos esta quietud produzca en nosotros tormentas, porque se derrumban falsas concepciones que estábamos sosteniendo, pero aunque momentáneamente nos encontremos envueltos en la tormenta, bajo las oscuras nubes, el sol está del otro lado, límpido, intocado, brindando en forma invisible su calor. Ése es el silencio de lo Sagrado que inunda nuestra vida, tanto en el radiante día, cuando lo vemos y lo sentimos en nuestro rostro, como en la oscura tormenta, cuando creemos haberlo perdido; pero si alineamos nuestro ser y vivimos ese espacio de las mañanas correctamente, se va produciendo un gran sentido de orden en nuestra vida. “Si uno no tiene ese orden, no puede estar silencioso; y cuando lo tiene, cuando la mente está de veras quieta, entonces existe una real belleza y comienza el misterio de las cosas. Eso es verdadera religión.”